Regional

Mi bandera rota: Crónica de un venezolano en Argentina

Por Gustavo Ramírez*

Cuando los caribeños deciden venirse a vivir a Argentina, hay algunas cosas que pueden dar por sentado con bastante seguridad: lo sagrado del fútbol, lo intrincado de la política y lo apasionado de su gente (esto último es mejor vivirlo directamente compartiendo un asado y unos vinos para que se entienda bien, porque hay estereotipos que valen la pena). En apenas 6 meses viviendo en Buenos Aires, los mismos amigos argentinos que he hecho me han garantizado una experiencia coherente con estas presunciones.

Siendo un venezolano enteramente negado a quedarme callado frente a la injusticia y tiranía que mal gobiernan mi país, el activismo cívico me trajo a hacer fuertes lazos de amistad con argentinos de tradición y convicción democrática, amantes de la libertad, convencidos de ideales republicanos que no pueden sino ser comunes a todo nuestro continente.

  • ¨Gustavo, tomemos un café, tenemos que hablar, tenemos que hacer algo¨…

Más o menos así me dijo un Carlos Sanguinetti entusiasmado y determinado, cuando me llamó para comentarme que en una conversación con su amigo Martín Mocellini, habían coincidido en que el juego de las eliminatorias mundialistas entre Venezuela y Argentina representaba una oportunidad que no podíamos dejar pasar para manifestarnos por la agobiante crisis. Lo que vendría sería llamar a otros amigos venezolanos y argentinos a una mesa creativa y planificar las acciones que todos los lectores de estas líneas han visto en medios de comunicación y redes sociales; la iniciativa de voluntarios cívicos de manifestar en confraternidad su preocupación ante la apremiante crisis en la región, producida por una dictadura ya consolidada en Venezuela. Una serie de acciones que reflejarían en nuestras vidas, que estos tres aspectos de lo que pudiese llamarse una ¨argentinidad¨ percibida, serán intensas fuentes de unión entre nosotros en lo sucesivo.

Que gane el mejor

En Venezuela tenemos una afición por el fútbol que no se puede comparar con la de Argentina, pero que ha venido despertando y creciendo en las últimas dos décadas y media. Inspirados por la albiceleste y por la verde amarela, desde que los venezolanos nos atrevemos a soñar con ver a nuestra vinotinto en un mundial, hemos abandonado mucho la dicotomía de Argentina y Brasil como objetos de nuestras ilusiones, y pasamos a apoyar a cualquier latinoamericano en su participación después de que nuestra propia selección no pasa al máximo torneo del balompié cada 4 años. Este año no es la excepción (¡pero seguimos luchando!) y una vinotinto ya eliminada matemáticamente venía a encarar a una argentina desafiada por la necesidad de justificar sus pergaminos (por si acaso alguien ha dudado jamás que el fútbol pueda ser una metáfora para la vida). Fue una oportunidad de oro de decirle al mundo que no dejaremos que el sufrimiento de Venezuela caiga en el silencio y el olvido. Recordemos que un evento deportivo, antes que nada, es un encuentro. Y aquí estamos, cara a cara pero, primero, juntos.

El resultado sería providencial, empate 1 a 1. Las dos oncenas pactaban en el Monumental de River. A la venezolana le sabía a victoria; por primera vez no caer ante los del sur en su terreno. A Argentina no le dejaría otra opción que aceptar y asumir el reto de continuar demostrando todo de lo que se saben capaces y con lo que el mundo cuenta.

Y así vamos. Luego de que terminara el juego, los equipos de activistas que habíamos estado desde las 17 horas invitando a la gente a pintarse en la cara su seña de solidaridad nos encontraríamos en un restaurante junto con los otros dos equipos, el de los que tendrían la larga bandera Argentina con el mensaje #VenezuelaLibre en una de las tribunas locales, y el de los que llevaron la tricolor venezolana a la tribuna visitante, ambos compuestos tanto por argentinos como venezolanos. No me detuve a mirarlas, pero solo puedo imaginar las caras de los demás comensales del local preguntándose qué le pasaría a estos locos que se abrazaban y brindaban, vestidos de Vinotinto y Albiceleste, si ninguno ganó. Éramos unos niños que, después de reventarse a patadas, dejaban el balón olvidado en la grama y se reunían a relajarse mutuamente el cuento que ya todos se sabían. Éramos unos nuevos hermanos.

La política, lo político y lo humano

Luis Manrique y Eduardo Petterson son dos amigos de la infancia, de esos que se hicieron hombres soñando con ver a la vinotinto en un mundial. El Tachirense que escribe estas líneas obvió rápido la rivalidad con estos dos fanáticos del Caracas Fútbol Club haciéndola objeto de chistes fraternos, para unirse todos en la causa por Venezuela. Estoy seguro de que jamás se imaginaron que estarían como residentes en Buenos Aires, viendo jugar a nuestros héroes frente a la Argentina, pero – como decimos los venezolanos – ¨para más ñapa¨, cargando una bandera de Venezuela de 8 x 6 metros, mano a mano junto con compañeros argentinos. Al llegar al sitio después del juego y sentarnos a intercambiar anécdotas, lo primero que me cuentan fue la mezcla de emociones encontradas cuando al intentar pasar el segundo cordón de seguridad, les indican los agentes que por normas no podían pasar un trapo de más de 2 metros en alguna de sus dimensiones.

Los tres equipos de activistas teníamos las metas de exhibir las dos banderas y motivar a tanta gente como fuese posible a apoyar esta muestra de solidaridad. No tener presente la bandera venezolana era un duro golpe a la iniciativa que emprendimos con tanto anhelo. Pero estos dos muchachos, junto con los demás integrantes de esta hermanada barra binacional, enfrentaron un duro dilema…

  • ¨tenemos que romper la bandera en pedazos…¨
  • ¨¡pero es nuestra bandera! ¡¿cómo vamos a romperla?!¨
  • ¨Si no la rompemos, no la pasamos. Y si no la pasamos, nadie la ve¨

Resuelto el dilema sin opción, en cuestión de minutos rompieron la bandera en 24 pedazos con una mezcla de dolor, premura e ímpetu… Cuando uno no elige la emigración sino que se deja llevar, y se encuentra a sí mismo en circunstancias imprevistas, parece tonto lo trascendente que se vuelve un símbolo patrio. Durante las semanas que nos tomó preparar las acciones, ninguno le preguntó a otro de qué partido político era o de qué ideología, ni los venezolanos a los argentinos ni entre cada uno. Simplemente estábamos allí por sentimientos de hermandad, de solidaridad, y por el compromiso moral con un pueblo que sufre. Mucho menos iban a preguntárselo entre los 16 pares de brazos que alzaron esta gran bandera que rezaba LIBERTAD PARA VENEZUELA, entre los que había mujeres y hombres, niños y mayores, venezolanos y argentinos, trabajadores, profesionales y empresarios. Todos juntos bajo una bandera de libertad para un pueblo desde el que empezó la gesta independentista en el continente hace más de 200 años. Era como una versión moderna y traslúcida del abrazo de Bolivar y San Martín en Guayaquil para un grupo de valientes que lo único que piden es lo más sencillo, lo más elemental y lo más necesario; libertad.

La tarea pendiente

Después de que uno ha roto su bandera en 24 pedazos para poder mostrarla al mundo, es evidente que no queda sino un solo camino, el de volver a armarla. Cada vez que podamos vamos a reencontrarnos y enarbolar estas dos banderas hermanas.

Pocos, de los 60 mil espectadores de la noche del 5 de septiembre de 2017 presentes en las gradas, podrían ver a simple vista las banderas. Sería en las horas posteriores que podrían verlas en las redes sociales repitiendo el mensaje al llamado de #VenezuelaLibre. Sabíamos que por normas FIFA no iba a ser fácil que aparecieran en la cobertura de televisión. Fue lo que siempre quisimos, una semilla que se sembró para que cultivemos entre todos con el tiempo.

A las acciones aquí reseñadas se sumaron integrantes de diferentes partidos políticos y organizaciones de sociedad civil de ambos países que se unirían desde el anonimato porque lo que importaba era la consigna y no la identidad del que la dijera. Como cuando en el estadio las voces unidas de todos los hinchas en los cánticos callan los demás ruidos de los alrededores, y la tierra tiembla aun a varias calles de distancia al mismo ritmo que saltan en las tribunas los aficionados, y el olor a choripanes, lomitos y bondiolas por la Av. del Libertador te recuerda que estás en Argentina, que el fútbol es en serio, que la pasión se vive a cada momento, que aquí quien te llama amigo hace un pacto de sangre contigo de por vida, que la palabra vale y más ésa dirigida a quienes no somos de aquí, que atesoramos en el alma cada vez que oímos a alguien con su acento argento decirnos ¨¡bienvenido!¨.

*El autor es venezolano, profesional del marketing, activista de la sociedad civil, con formación en psicología y comunicación social.
@Gus_dubs
www.linkedin.com/in/gusdubs

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