El Mundo

Hablar de Trump es hablar de incertidumbre

Hablar de Donald Trump es hablar de incertidumbre. Lo que hasta hace poco englobaba solo a un candidato, hoy se ha convertido en una cuestión que atraviesa el mundo entero. Puede interpretarse como un conflicto entre globalizadores y nacionalistas o entre elites y masas, lo cierto es que baña al mundo oscuridad y pocas certezas.

Como mencionaba Henry Kissinger en “La Diplomacia”, Estados Unidos es un país con dos tradiciones en relaciones exteriores. Una que suelen respaldar los demócratas, volcada a la seguridad colectiva y a la creencia que las democracias no guerrean entre ellas, por ser el hombre naturalmente bueno (al igual que las sociedades) y sólo guerrean aquellas que están dominadas por elites que las confunden. Acompaña a la corriente la idea de autodeterminación de los pueblos que claramente encuentra su origen en la tradición liberal, especialmente kanteana. La otra tradición, representada (en general) por el partido republicano, se sostiene en la corriente realista que respalda la idea de seguridad nacional y equilibrio de poder, y tiene como primer antecedente a Theodoore Roosevelt con la política del “big steack”.

Claramente Obama fue un excelente practicante de la primera tradición (cuyo padre es W. Wilson y la Sociedad de las Naciones). No sólo logró mejorar la imagen internacional de Estados Unidos como potencia mundial (tras la era Bush y la invasión unilateral a Irak), sino que recuperó la economía luego de la crisis de Lehman Brothers, terminó con el conflicto histórico con Cuba poniendo como interlocutor al Papa Francisco y logró evitar la incursión de su país en guerra sin sentido, reduciendo la cantidad de soldados muertos y el gasto, al mismo tiempo que exigía un mayor compromiso de los aliados de la OTAN. Fue un férreo defensor de la paz –le otorgaron el premio Nobel-, logró acuerdos históricos sobre el medio ambiente a nivel mundial, así como reducción de armamentos con Rusia.

¿Y Trump que será? Retomando el primer párrafo, su persona es tan incierta como el rumbo que otorgará al país. La ventaja de Estados Unidos es el funcionamiento de los contrapesos, constituyéndose como una de las repúblicas más maduras de la historia.

Por supuesto, quedan preguntas sin responder y respuestas sin preguntar. Primero, ¿Se inaugura un nuevo orden mundial? Cierto es que no cabe duda que Estados Unidos sigue siendo la principal potencia mundial, no sólo por constitutir la mitad del gasto militar mundial, sino también porque sus empresas dominan la mayoría de los sectores económicos, define las reglas financieras mundiales y provoca sus crisis y sus nuevos controles, maneja el comercio, la tecnología, y es la única con capacidad de jugar en todo el mundo de la misma manera.

¿Está China en condiciones de alcanzarlo proximamente? Un país que aún tiene la mitad de su población agrícola, en el que la mayoría de la tecnología proviene de empresas occidentales, japonesas o coreanas, cuya población tiene bajo nivel de consumo, que es la primera potencia comercial sólo y, sólo si, sigue teniendo salarios bajos. Caso contrario, Vietnam, Birmania u otros países la remplazarían como fábricas mundiales. No obstante, China no es un niño con el cual se puede jugar. Gobernado por la minoría más instruida del mundo para construir un imperio global, con un ahorro tan grande que lo vuelve el futuro gran financista mundial, sin ningún tipo de traba a diferencia de los norteamericanos, y conquistado ya gran parte del continente africano, es un adolescente que crece demasiado rápido para distraerse.

Ahora bien, la última pregunta que se formula es ¿qué sucedería si Estados Unidos se retrotrajera? ¿Es posible que China asumiese el liderazgo mundial? Y en este último caso, ¿Qué instituciones promocionaría?

En conclusión, Trump llega al poder por el simple funcionamiento de la democracia. Los excluidos, cuando se convierten en masa, se vuelven insumo para un demagogo, que termina asumiendo su agenda sectorial y volviéndola nacional. Y ese “Rust Belt” en Estados Unidos fue el excluido por la globalización, y ahora es quien lidera las propuestas del nuevo presidente norteamericano.

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